“Extraña forma de madurez”, por J.S. de Montfort

Ratas en el jardín, de Valentí Puig. Barcelona, Libros del Asteroide, 2012, 173 págs.

El escritor y periodista mallorquín Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949) acaba de publicar en castellano Ratas en el jardín, el volumen de su dietario que se corresponde con el año 1985 y que sería la continuación de dos volúmenes anteriores (publicados en catalán): Boscendins (1982), cuyas notas se referían a los años 1970-1979, y Materia obscura (1991), que se ocupaba de los años 1980-1984.
El dietario nos presenta a un escritor y periodista de 36 años, temeroso de haber dejado de ser un jeunne homme, vislumbrando ya la frontera de la cuarentena, un viejo adolescente que confiesa no entender nada, y que teme ir cogiendo peso, quedarse calvo; un hombre que, de repente, se da cuenta de que ya no es joven, “físicamente joven”, y que se intuye en esa forma sesgada de madurez, la de “saber que todas las cosas que te rodean –el mundo exterior– son mucho más importantes que tú”. Ese final largo de la juventud en el que, en definitiva, se halla uno frente a “un gran vacío que solo llenan los libros”.
El dietario, por tal razón, está atravesado por la creencia de que “la literatura siempre conecta con la vida”, y es que sostiene Puig que “el escritor –si quiere- por oficio está dotado para dar testimonio de la época o contra la época”. Y Puig escribe contra esa época sin nobleza que le ha tocado vivir, esos años ochenta del siglo veinte de falsa apariencia ecléctica, esa farsa relativa donde todo es un principio de ruina, “una insinuación de cómo extinguirse que no tiene límites”. Y lo hace desde la sentimentalidad del “animal casero que se abreva en los bares”, del afrancesado que defiende el pluralismo crítico y la tolerancia, y siempre desde las formas particulares de la literatura, rehuyéndole a la filosofía. Se diría, en este sentido, que comparte el dictum del también escritor mallorquín Joan Bonet (quien cada vez que Puig ha publicado un libro, nos confiesa, “ha sido el lector más amable y entendedor”) y que dice así: “entre el cinismo y la nada, elijo la ternura y la verdad”.
Esa conexión de vida y literatura se concreta en cierta admiración por las formas de la bohemia, a la que Puig le toma la medida en largas noches en los bares y las coctelerías, con su “tentación de impudor”, y en las imprevistas noches de amores nómadas en hoteles con mujeres de cuerpos de tela, “con trama de colores, tacto, orden, como un tapiz”,  y los viajes a Barcelona, donde visita con igual devoción a editores, amigos, whiskerías y habitaciones de meretrices varias; una Barcelona “de sorpresas infantiles, suspendida en un instante ahistórico”.
Puig nos habla de sus gustos, íntimos deseos y predilecciones Así, nos cuenta que le hubiera gustado ser pianista, pero también haber sido Mérimée, “para poder considerarse el amigo joven de Stendhal”. Confiesa su preferencia por “las personas normales y discretas” y su repudia del “amor espectáculo”. Como lector, está del lado de los lectores ávidos, esos lectores “tumultuosos, boquiabiertos delante de un libro como un niño frente al escaparate de una pastelería o una gran pecera”. En lo que respecta a la estética literaria, nos hace partícipes de su convicción de que el grandstyle “no es un recurso, sino el resultado, la culminación, una conquista” y el convencimiento de que el gran fracaso del nouveauroman es que “la experimentación vana pretendió sustituir al gran talento”.
Las anotaciones le sirven a Puig para recordar: los años sesenta, años de estudiante en la universidad de Barcelona, por ejemplo, o la memoria de una boda (con M.) que casi llegó a celebrarse, pero no (y preguntarse cómo sería todo entonces, ahora, de haberse producido). Pero también se ciñe a la actualidad del presente de la escritura: al trato con los amigos cotidianos. Nos cuenta, pues, por ejemplo, la boda del también escritor y dietarista mallorquín José Carlos LLop, una visita al poeta valenciano Joan Fuster o nos ilustra con diversos retratos de ambición (neo)costumbrista de personajes secundarios mallorquines (que aparecen innombrados, apenas descritos en sus actos y delirios) y con los que el escritor se encuentra en el deambular por las calles y los bares de Palma de Mallorca. Y ello sin desatender los sucesos políticos del momento, sobre los que Puig reflexiona a tiempo real.
Ratas en el jardín es así una defensa severa, pero juiciosa y tierna contra la insidia de ese “trajín de las ratas entre la hojarasca”, ratas que “vienen y van por el huerto y el pequeño jardín” de la casa de verano de Alaró, en la que el escritor pasa solo el verano, buscando olvidarse de la vanidad y la ambición, disfrutando del trabajo de la escritura, resistiendo, previniéndose así contra la maledicencia y envidia mallorquinas, simbolizadas por esas ratas promiscuas y ruidosas que se amparan en la profundidad oscura de la noche para malmeter e incordiar.

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